No se comprende, y en estas fechas se entiende todavía menos, que los grandes equipos que pelean por el título en la Champions no cuenten con un especialista para las tandas de penaltis. Pienso en Diego Alves, naturalmente, y en todos esos partidos o cruces que deben ser resueltos por los fatídicos lanzamientos. Tiene poco sentido que clubes que se gastan cientos de millones de euros en la confección de sus plantillas se vean expuestos y sin respuesta ante eso que todavía llamamos "lotería" y no lo es en absoluto.

Fue el deporte profesional americano el primero en entender que el juego es azaroso, pero la estadística manejable. Allí importa tanto el que anota un punto como el que sube un porcentaje, y la película Moneyball (2012) es un magnífico ejemplo de cómo el béisbol ha convertido el diseño de las plantillas en procesos matemáticos. Allí, no tendrían dudas: Diego Alves sería una pieza fundamental en cualquier aspirante.

Cuando el Barcelona se planteó su fichaje el pasado verano lo tomamos como un acto de cordura. Por fin, un candidato a la Champions se decidía a firmar un seguro de vida. Todavía estaba reciente la victoria del Real Madrid en la tanda de penaltis frente al Atlético, quinta final en 13 años resuelta desde los once metros. Sin embargo, por motivos que se escapan al normal entendimiento, el Barça decidió que el holandés Cillessen sería su portero suplente. 

Entre uno y otro se ha forjado una merecidísima leyenda que agranda al portero y achica a los tiradores

No exagero cuando hablo de seguro de vida. Diego Alves (Río de Janeiro, 31 años) ha visto cómo le han tirado 50 penaltis desde que llegó a España. Su estadística obliga a replantearse el concepto de "lotería": 24 parados (48%), 24 goles recibidos y dos tiros fuera (uno al larguero). El primero se lo paró al brasileño Edu (Betis) en diciembre de 2007 y el último se lo detuvo al deportivista Fayçal Fajir el pasado 2 de abril. Entre uno y otro se ha forjado una merecidísima leyenda que agranda al portero y achica a los tiradores. Nadie escapa a un influjo que, en ocasiones, se da por partida doble. Esta misma temporada, Gabi y Griezmann vieron como en un mismo partido Alves detenía sus penaltis. Otros tres lanzadores han corrido la misma suerte (mala) durante esta Liga.

La Virgen de Nuestra Señora de la Aparecida es la explicación esotérica a su acierto extraordinario. Su imagen está dibujada en los guantes de Diego Alves y su medallita le acompaña desde que llegó a España con 22 años, procedente del Atlético Mineiro. Aunque el dato resulte difícil de creer, Alves fue el primer portero brasileño en la historia de la Primera División española.

La explicación deportiva nos acerca a un guardameta que estudia meticulosamente el modo de patear las penas de los lanzadores habituales. Hablamos, por tanto, de un parapenaltis cultivado que no lo fía todo ni a sus reflejos, ni a su intuición, ni a la ayuda divina; los fusileros también se santiguan.

La errática temporada del Valencia le ha señalado como uno de los futbolistas transferibles a partir de junio (tiene contrato hasta 2019). Por suerte para él, su facilidad para detener chutazos sólo es comparable a su modo de regatear dificultades. La primera surgió de niño, cuando debió aceptar que no sería Zico y tendría que conformarse con Taffarel. Cuando cruzó el charco se encontró con la suplencia en el Almería y a continuación, ya en el Valencia, con la rivalidad con Guaita. Tampoco fue sencillo recuperarse de una rotura de ligamentos en su pierna derecha (2014) sin perder la agilidad o el olfato.

La Champions prosigue camino de la final del 3 de junio en Cardiff y apuesto a que llegará el momento en que una tanda de penaltis nos hará pensar en Alves. Mientras los porteros ocupen sus puestos, muertos de miedo, una certeza matemática ocupará nuestras cabezas: Diego pararía dos penaltis y medio.