Seamos claros. Aquí, lo difícil, es que te quieran. Y no hablo en este caso de un aprecio deportivo que no deja de ser un aprecio interesado. Hablo de una estima verdadera. Ese afecto ayudó a resolver el pasado verano una negociación embarrada. Gustavo Ayón y el Real Madrid diferían en las cifras, pero Pablo Laso hizo ver que coincidían en todo lo demás. Así lo entienden los aficionados y así acabó por verlo la directiva.

Es muy comentado el éxito del equipo de baloncesto y, sin embargo, se indaga poco en los lazos que lo unen. En la época del profesionalismo descarnado y de los contratos por días, el Real Madrid crea vínculos con sus jugadores, que se dividen entre los que no se quieren marchar y los que desean volver. KC Rivers regresó, aunque fuera fugazmente, y Draper ha vuelto después de pasar dos temporadas por Turquía y Rusia. No son frecuentes los reencuentros en este baloncesto de cromos intercambiables.

Tampoco es sencillo que un pívot de 31 años renueve por tres temporadas con salario de gran estrella en Europa (se citan 2,7 millones de euros). De cumplirse el contrato, Gustavo Ayón habrá completado cinco años en el Real Madrid, otra deliciosa extravagancia en los tiempos que corren.

Es fácil imaginar que Pablo Laso, el entrenador del éxito, contaba con opciones para sustituir a Ayón. Tal vez no tan fiables, pero seguro que más jóvenes y más baratas, probablemente de mayor músculo y estatura. La diferencia es que con ellos no tenía vínculo.

Gustavo Ayón y el Real Madrid diferían en las cifras, pero Pablo Laso hizo ver que coincidían en todo lo demás

Después de ganar la última Copa del Rey en Vitoria (cuarta consecutiva), y con el equipo de fiesta en el vestuario, Gustavo Ayón se agazapó (todo lo que puede agazaparse un tipo de 2’07) para sorprender al entrenador y lanzarle un cubo de agua helada por la cabeza, habitual celebración del deporte estadounidense. Pablo Laso lo contaba después con cierto orgullo y tengo para mí que no pensaba en sus 18 puntos y dos tapones o en su proverbial efectividad (7/8 en tiros de dos y 4/4 en tiros libres). Juraría que disfrutaba del vínculo.

La historia tiene todos los ingredientes de los novelones con final feliz. Para que el Real Madrid contratara a Gustavo Ayón fue necesaria la renuncia del Barcelona, que aceptó vender los derechos que tenía sobre el jugador por 290.000 euros. Salvadas las kilométricas distancias, con Di Stéfano sucedió algo similar. Iniciado el tira y afloja, el Barça aflojó antes.

Los grandes de España habían quedado deslumbrados por la irrupción de Gustavo Ayón en el modesto Fuenlabrada. Cuando en 2011 fue elegido Jugador Revelación de la ACB por delante de Mirotic nadie reparó en el camino que había dejado atrás. Sólo dos años antes, el mejor hombre de la Liga jugaba cedido en el CB Illescas de la LEB plata. Tres temporadas atrás era referencia de los Halcones de Xalapa (Veracruz) y ocho años más allá no era referencia de nada, sólo un granjero bajo una canasta.

El 15 de mayo de 2003, Gustavo Alfonso Ayón Aguirre pasó la prueba que cambiaría su vida. Tenía 17 años, los mismos que Doncic, y no había jugado nunca al baloncesto, sólo al voleibol y en el nivel más básico que pueda imaginarse. Frente a él se encontraba aquel día Javier Ceniceros González, entrenador en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. “Toca el aro”, le pidió Ceniceros. Y entonces, en ese mínimo salto, Ceniceros vio algo que acabó siendo todo. Solicitó para él una beca completa (con manutención) y desde ese instante se convirtió en el impulsor-tutor-ángel que necesita cualquier principiante. En más de una ocasión se lo encontró con las maletas hecha para volver a su vida de ranchero y a su casa de Zapotán (mil habitantes, diez por ciento de analfabetismo). Y siempre se las ingenió para disuadirle.

Los grandes de España habían quedado deslumbrados por la irrupción de Gustavo Ayón en el modesto Fuenlabrada

Ayón aprobó los tres años de preparatoria para la Universidad, se consolidó en el equipo y triunfó finalmente: campeón en 2005 y 2006, quinteto ideal y MVP. Por entonces ya albergaba ideas disparatadas, como jugar en la NBA. El disparate no lo pareció tanto cuando le llegó una oferta de la Universidad de San José State. La sorpresa es que el sufrido Gustavo Ayón, prestigioso saltador de obstáculos, no se adaptó a aquel entorno y volvió a México. Cómo podría haber imaginado que a Estados Unidos no se entra por el Río Bravo, sino por Fuenlabrada.

Cumplido el sueño de jugar en la NBA (New Orleans, Orlando, Milwaukee y Atlanta) y muy querido en Madrid, su siguiente objetivo es otra idea que calificaríamos de disparatada si no conociéramos sus antecedentes y su obstinación: ser Ministro de Deportes. Con esa intención está terminando la carrera de Administración de Empresas (on-line) y hará luego un Máster en Administración y Gestión Deportiva. Tenía mucha razón quien se acercó un día a Javier Ceniceros y le dio el grito de su descubrimiento: “¡Hay un chavo en Zapotán que está grandote!”.