La próxima vez que haya que defender a Benzema ante sus críticos solo habrá que remitir al partido que jugó en San Mamés una tarde que anunció la primavera. Su actuación fue una definición de su valor. Conectó entre líneas, marcó un gol e hizo lo imposible porque también lo marcara Cristiano. Como tantas veces, fue el anticoagulante del juego de ataque. Si el elogio del madridismo nunca termina de ser unánime, es porque Benzema es un futbolista contra el estilo de la casa, más afín a los jugadores arrebatados.

El dorsal tampoco le favorece, es evidente. De un nueve se espera que lo remate todo y en cualquier circunstancia y, sobre todo, se esperan goles. Que Benzema los done a causas humanitarias como el ego de Cristiano resulta muy desconcertante, especialmente si comparamos su actitud con el fervor juvenil de Morata, que cabecea hasta los saques de honor.

A Benzema se le entiende mejor cuando viste la camiseta con el número diez, tal y como hacía en el Lyon y volverá a hacer (algún día) en la selección francesa. Ese futbolista lleva menos a engaño porque nos libera del prejuicio del nueve y nos permite apreciar sus goles como un extra y no como una obligación. Quien suspira por Lewandowski, y en las próximas semanas podrían arreciar los suspiros, desprecia el ecosistema perfecto que forman Benzema y Cristiano. Piensen en cualquier agrupación de dos o más miembros y advertirán que el éxito nace de la suma de fuerzas complementarias.

Es curioso. Mientras a Benzema se le reclama en público más carácter, a Casemiro se le pide, secretamente, más sutileza. Nadie pone en cuestión sus virtudes como centro de gravedad permanente, servicio de limpiezas y departamento policía, sin embargo el madridismo está demasiado acostumbrado a centrocampistas rubios como la cerveza y todavía se sobresalta cuando Kong agarra con su manaza al equipo. Tal cosa sucedió en San Mamés. El primer gol nació de una ocurrencia de Casemiro (pase en largo a Cristiano) y el segundo lo marcó él mismo por encontrarse en el lugar adecuado, en el mismo centro de la Isla de la Calavera.

Mientras a Benzema se le reclama en público más carácter, a Casemiro se le pide, secretamente, más sutileza

La de Bilbao no fue una victoria más. Hay que interpretarla como una demostración de autoridad, del equipo y tal vez del entrenador. Discutir sobre los cambios provocativos de Zidane (Modric, Cristiano y Benzema) despista de lo esencial: cuando el Real Madrid quiere, puede.

Si hablamos del Barça-Valencia cuesta decir quién fue más influyente: Messi o Mangala. El defensa valencianista marcó un gol, hizo un penalti y fue expulsado en el 43’, todo ello estrepitosamente. De no ser por su inestimable aportación al caos, su equipo hubiera multiplicado sus opciones frente a un Barcelona que hizo agua en defensa.

Con el Atlético no queda muy claro si ha estado jugando al despiste o estaba verdaderamente despistado. Sin ánimo de ofender, diré que me recuerda al Real Madrid de otros años, cuando los jugadores seleccionaban inconscientemente los objetivos y coincidían en que el único objetivo que merecía la pena era la Champions. Es una enfermedad de los ricos, como la gota o las cuentas en Suiza. Pero no es una enfermedad crónica. La prueba es la caza y captura del Sevilla, la obsesión por aniquilar a quien le disputa el tercer lugar, el puesto de Champions con vacaciones.

El sorteo de cuartos ha terminado de convencer a los atléticos. Tengo por seguro que muchos de los cánticos que se escucharon en el Calderón eran en homenaje a Ian Rush, el hombre que sacó la bola del Leicester soportando el calor abrasador de las bolas trucadas; nunca renuncien a sus sueños.

Si hablamos del Barça-Valencia cuesta decir quién fue más influyente: Messi o Mangala

Debo confesar que al ver al Sevilla tambalearse como los maratonianos que calculan mal sus fuerzas, sentí pena por el milagro que no fue. Al observar el braceo de los entrenadores en las bandas, me dio por pensar que algún día el Cholo volverá al Pizjuán, probablemente después de entrenar Inter, y que Sampaoli está llamado a correr la banda del Wanda Metropolitano por la simple razón de que hay pasiones que se atraen y amores complementarios.

No hay duda de que el Real Madrid saludó al Bayern desde San Mamés, de la misma forma que el Atlético escribió un mensaje al Leicester en las carnes del Sevilla; la razón por la que el Barça le enseñó las enaguas a la Juve no está tan clara. Lo relevante es que Europa está en la cabeza de todos los implicados porque solo hay un placer mayor que descubrir mundo: volver. A ser posible, con un título.