Cual caballo medieval, te gusta desbocarte en las fronteras del intelecto. Amante del círculo cerrado. Los psicólogos dicen que secuestras la razón. Cacique en el cerebro primitivo, tirano en la amígdala. Eres la bestia enérgica en este vocabulario emocional. E de enfado. F de furia. R de rabia... Potente y rápido, dispuesto a la descarga. Ofuscas, gritas, golpeas... te retroalimentas.

Inflamable, puedes ser la antesala de la agresión, la llama en el bosque de carne. Actúas a modo de terremoto en el país de la empatía; eres un proyectil contra la república equilibrada de las emociones. Tu gran aliado: la impulsividad. Haces buenas migas con la irreflexión. Amigo de la humillación, de la amenaza y la frustración.

El enfado no puede convertirse en el dominador de nadie si busca romper, pegar, lastimar. No deja pensar Te sabes gran seductor; en el diálogo interno ennegreces los argumentos. Tu lema: respuesta automática, instinto primario, multiplicar en cadena. Como todas las emociones básicas, necesario. Puedes servir para la defensa, dispuesto a combatir el abuso. Respondes a amenazas físicas y simbólicas. No podemos eliminarte, pero sí drenarte, apaciguarte, enfriarte, modificar tu perspectiva. Calma, sosiego, respiración, habitaciones de paz...

Apareces en la primera infancia, y allí debemos aprender tu doma, caballo salvaje. Será un largo camino por las tortuosas praderas emocionales, llenas de falsos enemigos y disparos coléricos. Es necesario que pueda expresarse tu fogoso mensaje, porque como buen torrente volcánico inundas los canales, y si no hallas salida ocuparás las plazas de otras emociones –chuparás la tristeza, ejercitarás el miedo, multiplicarás la soledad– y finalmente someterás todos los muros con tu ejército de engendros. No obstante, dejarte totalmente libre, en una catarsis liberadora, no hará nada más que reforzate, según la ciencia.

Un proceso de maduración, un himno de sosiego, otro punto de vista, serán nuestro escudo contra tu ira, que es madre de todas las violencias. Conocerte bien. Reivindicar la empatía frente a tu enrojecido rostro: entiendo que te enfades, pero no puedes actuar así... No puedes convertirte en el dominador de nadie, en el gran victimario, si tus deseos buscan pegar, romper, lastimar... Si actúas, no podemos pensar. Aquí está el truco. Si estás presente no es posible tomar decisiones vitales.No permites hablar, perdonar, razonar... Eres el gran titiritero y ante tus impulsos muchas veces será necesario postergar.

Es importante no cargar esta emoción con un juicio. Es un aprendizaje difícil y lo están empezando a gestionar Tenemos que aprender a montarte, caballo de fuego. Sobre todo los niños, que te padecen como una energía misteriosa e inapelable. Espacio y tiempo. La culpa no les ayuda. "Es importante no cargar esta emoción con un juicio. Es un aprendizaje difícil y lo están empezando a gestionar. Necesitan la mirada de alguien que acompaña; con la mano en el corazón, a los adultos también nos cuesta gestionarlo", dice Sílvia Palou, maestra y psicóloga infantil.

Sentirte no convierte a nadie en malo o violento, pero te aprovechas de nuestra naturaleza agresiva y analfabeta: muchas veces no sabemos identificarte antes de que nos pongas el lazo y exijas un insulto o golpe como recompensa. Tan poderoso pareces, que hay adultos que no saben dirigirte, ejercen de erróneo modelo. Entonces la familia es la casa de la dinamita. Y el futuro de los pequeños será explosivo. Sin control, eres un enemigo de la paz. Multiplicador en conflictos. Activo en las portadas de los periódicos. Destructor de convivencia, capitán de intolerancia.

Como el fuego de un hogar, será necesario encontrarte un lugar desde tus primeras llamas; requieres de experiencia, de vehículos apropiados, y de aprender a vencer tus obsesivas razones, a distraerte. Verbalizarte: estás aquí. Entenderte: me tienes sometido. Aceptarte: debo enfriarte o escuchar otra voz en el Senado emocional. Tus peores enemigos serán la reflexión, la compresión y el equilibrio. Transmutarte. Convertirte en otra emoción, impedir tu delirio que conduce a acciones irrevocables. La mejor de las monturas para un jinete que no busque el Apocalipsis sino la convivencia.

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El oso gruñón. En cuentos como éste los niños pueden empezar a reconocer y encontrar claves para dominar el enfado, una emoción difícil de tratar y que requiere de la empatía que aportan los cuentos. Con el personaje del oso Raposo también entenderán las emociones contrarias, como el amor y la solidaridad. Begoña Ibarrola (texto) y José Luis Navarro (ilustraciones). SM, 2009. 32 páginas. 8,95 €