Aquí viene la mala, la fea, la expulsada, la desagradecida... la que llaman Tristeza. Qué terrible fama tienes. Una emoción más temida que el miedo. Y sin embargo, eres la que todo lo arregla cuando se rompen los platos y nadie quiere mirar en la cocina del corazón. Recompones y cicatrizas.

Si las emociones rigen el movimiento, tú lo haces a la inversa. Como un cosmonauta nos envías hacia al centro de la espiral. Fuente de lágrimas, desagüe de la adrenalina, hoy queremos rehabilitarte. Mirarte a la cara y decirte que solo reconocemos a la alegría porque tú existes. Que eres una parte del amor y de nuestra pertenencia al mundo. Que apareces cuando todo duele y parece perdido, para protegernos, enseñarnos, reorientarnos en el camino. Nos humanizas. Eres inevitable en esta vida, y senda de maduración.

Tristeza, hoy queremos rehabilitarte. Mirarte a la cara y decirte que solo reconocemos a la alegría porque tú existes Te conviertes en la organizadora del duelo por la pérdida de un ser querido. Eres maestra cuando se cometen errores. Deslustradora del rostro infantil. Mediante los cuentos se puede aprender a vivirte, tú que eres una emoción básica y que muchas veces agarras el corazón de los niños desprevenidos. Es importante, porque amaneces como un tabú. Y a veces te ocultamos por un exceso de celo.

"Es un gran tema, porque socialmente nos da mucha culpabilidad a los adultos el ver un niño triste. En situaciones de vida que son dolorosas o de pérdida intentamos no ponerlos en medio, que no se enteren, pero los niños tienen una percepción muy fina de las emociones primarias, y entonces ellos igualmente, aunque se oculte, perciben la tristeza de la familia", explica la psicóloga infantil Sílvia Palou. Y se sienten descolocados, con esa fuerza sombría que habita en el cuchicheo de las habitaciones en penumbras empieza el reino de la angustia de las cosas sin nombre.

No debes ser maquillada, porque, a pesar de tu fama, no eres fea. Tienes tu función, compañera de todas las pérdidas. Por eso debes ser verbalizada, no te ocultes. Se puede aprender a disminuirte, canalizarte. Si llevas al llanto, hagámoslo juntos. Tus lágrimas, mejor compartidas; tu necesidad se encuentra en el abrazo y en la comprensión. Siempre tienes un mensaje que trasladar. Así que si quieres llorar: llora. ¡Menudo bálsamo! ¡Qué gran invento para canalizar tu energía! ¡Para desprendernos de los residuos!

No funcionas en la negación, porque reclamas empatía y sensibilidad, aunque tu pulsión natural sea la soledad. Sentirte no convierte a nadie en depresivo, pero si te cronificas necesitaremos ayuda. Eres un indicador, una señal de las regiones sutiles. Tu peligro no es el proceso, sino el anclaje, que te quedes, que te hagas perpetua.

Frustración

En la familia del disgusto aparece cerca de ti una emoción compleja: la frustración. El lugar de los deseos rotos. Una sensación que se nutre de pequeños momentos, expectativas sociales, de cadenas de fallos y de puntos de vista a veces erróneos. Eres inevitable porque formas parte del sueño humano y de toda aspiración. Pero es necesario desarrollar tolerancia a tu impulso, para que no generes agresividad, rabia, culpa, y llames al enfado. Conviene vencer tus espirales de autojustificación y victimismo, porque todo éxito es al final un camino de fracasos.

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¿Qué le pasa a Mugán?. Es un cuento que habla de la emoción de la tristeza y del valor de expresar lo que nos sucede a quienes nos rodean. En una familia de monos que vive en la selva, todos trabajan y se divierten, excepto Mugán, que se queda pensativo en una rama. Begoña Ibarrola (texto) y Ulises Wensell (ilustraciones). SM, 2006. 32 páginas. 8,95 euros.