Cae el sol. Hora de que los pájaros busquen cobijo. Sábanas que reclaman al niño. Catapulta de la oscuridad. Así obra la naturaleza... Solo una queja a la evolución: ¿por qué nadie incluyó el botón de apagado? Meterse en la cama en la edad infantil puede ser un ritual de paciencia.Los pájaros se convierten en revoltosos murciélagos de la imaginación. Las luces iluminan el pasillo bajo pena de lloro. El niño se siente inseguro o rebelde. No quiere dormir. Desea jugar. No está cansado. Fracaso natural.

Meterse en la cama es un proceso habitado por normas, deseos, transiciones. Pasos dobles o triples. Toreo amoroso. Los progenitores sí parecen cansados. Es una pequeña lucha que requiere de mano izquierda, consenso y rigor. Hora de irse a dormir, hora de dejar que el mundo se apague por unas horas tras lavarse los dientes.

Puede ser un espacio positivo o negativo. Una penumbra que debe gestionarse. Un territorio de lectura de cuentos, abrazos, cariño, seguridad, retos… Un rincón en el que compartir y crear un fuerte lazo afectivo. Último e importante peldaño para el afecto diario. Momento para recordar lo bueno que ha sucedido y enfatizar aspectos positivos que proporcionen confianza. Espacio para reforzar la seguridad y demostrar el vínculo sagrado que nos une.

Es la franja horaria en la que aparecen los miedos una vez se cierra luz, y la antesala de las furtivas caminatas por el pasillo difuminado hacia el seguro puerto del lecho conyugal.

La noche es la hora del cuento y del lazo de uniónMeterse en la cama es por tanto una acción ambivalente que puede positivizarse, dicen los expertos, que requiere de empatía y de la comprensión de las emociones que afloran. Un lugar en el que los niños pueden sentirse a gusto, relajados, en el que verbalizar los miedos y escuchar sus anhelos; bostezo que enseñe que el descanso es necesario para mantener la alegría al día siguiente. Momento para desenmascarar fantasmas y recordarles que siempre, incluso cuando están dormidos, cuentan con el apoyo y el amor de los suyos.

Cuna de sutilezas, pero también de firmeza. Casi un ejercicio de kung fu. Una torre de rutinas que debe transmitir amparo. Es uno de los primeros retos de autonomía, y un buen ejercicio para la autoestima. Estamos en otro de los reinos borrascosos de la independencia y del destete emocional. La noche es un territorio único para la empatía. Necesitan de una mirada de acompañamiento y de un esfuerzo extra. Inteligencia. Que obren los vehículos de expresión y liberen sentimientos, y así puedan acostarse tranquilos. De estar atentos a sus modos y estímulos. Padres: ojos de gato.

Por suerte, es el territorio tradicional del cuento, espacio de relatos que insuflen fantasía y les ayuden a superar retos. Pueden utilizarse los libros para inspirarse en este dilema, o distraerlos en un divertimento que hará aflorar emociones propicias a los buenos sueños, darles pistas para regular las emociones que transciendan antes de la temida oscuridad.

Acompañarles en un reto que puede ser emocionalmente difícil

Pueden llegar a amar esa hora en la que su imaginación, para bien o para mal, será gobernanta. Cuentos que enfoquen el momento de irse a dormir como un espacio positivo, una tierra de promesas: el niño no está solo, esta despedida es en realidad un espacio rico y afectuoso que no implica ningún final.

Cae el sol, animalillos revoltosos. Antesala de besos. Hora de la relajación, de usar el cuento como lazo y unión; de acompañarles en una situación que puede ser emocionalmente difícil. Reto para mostrar capacidades. Transmutación de los miedos. Oportunidad para enfrentarse a la vida entre sábanas que burbujean emociones. Buenas noches. Y felices murciélagos.

Recomendación...

Cosas que me gustan de ir a dormir. En este libro, la autora utiliza un método sencillo y efectivo. El conejo protagonista recuerda antes de dormirse qué cosas le gustan de ese reto. El verbo 'me gusta' opera como una sílaba mágica. Se trata de convertir esta experiencia en un espacio de positividad para que afloren emociones propicias para su descanso y sueño. Trace Moroney. SM, 2011. 24 páginas. 9,95 euros.