Un motor emocional que ruge, aprieta los pistones y los dispara a la danza trepidante. Los niños tienen la necesidad vital de moverse. Su sistema básico de aprendizaje está en tocar, agarrar, oler, lanzarse hacia el mundo. Pero el movimiento puede ser una señal de sus angustias o dificultades. "Puede incrementarse por la inquietud emocional que tienen dentro", explica Sílvia Palou, psicóloga y maestra infantil.

"Puede haber niños hiperactivos diagnosticados como tales, pero muchas veces el exceso de movimiento no es un trastorno, sino que se trata de una situación difícil por la que están pasando, que ellos no saben cómo gestionar y que les provoca estos síntomas, y aquí la educación emocional es clave", añade.

Una fiebre emocional traducida en movimiento espontáneo y errático, un torbellino desde el inconsciente. Los impulsos tienen un mayor poder, las órdenes de acción se sienten soberanas y sin control en esta llamada vikinga. Portan un mensaje secreto. Provoca que se sientan inquietos, que tengan un peor rendimiento en la escuela, que se muestren enérgicos y descontrolados y se traduzca en un mal comportamiento con sus compañeros.

Muchas veces el exceso de movimiento no es un trastorno

En muchos casos, más que buscar una etiqueta o síndrome, una lesión o alteración metabólica, estaremos en mitad de un terremoto de esas fallas emocionales. Es preciso una mirada abierta, agrandar el foco. La educación emocional, en su búsqueda de conciencia y regulación, en su estrategia de dotar de inteligencia a los impulsos, puede mitigar excesos. Entender y verbalizar estas energías ayudará a bajar el volumen de fuerza, disminuir la potencia.

Cariño, empatía, visión de sus necesidades. Encontrar el problema, el fallo en el motor si lo hubiera. Una desacelaración que empieza por los progenitores. Porque emoción proviene del latín emotio, que significa eso: movimiento o impulso, aquello que te mueve hacia. Y lo importante será entonces saber a dónde.

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Correprisas y Tumbona. Aunque Correprisas creía que estar parada era perder el tiempo, Tumbona pensaba de forma diferente. Begoña Ibarrola (texto) y Pilar Giménez (ilustraciones). SM, 2007. 32 páginas. 8,95 euros.