Con el corazón frío y el alma llena de prejuicios, cual príncipe desalmado digno de una maldición, un servidor acudió al pase de la nueva versión de La Bella y la Bestia. Tras ver todos los adelantos, tenía muy claro lo que me iba a encontrar, una fotocopia en carne, hueso y CGI de uno de los grandes clásicos de la animación. Mientras que El libro de la selva de Jon Favreau versionaba libremente la película original de Disney, esta parecía un calco del filme de 1991, y todo el mundo sabe que una réplica de La Gioconda jamás tendrá tanto valor como La Gioconda misma.

No me equivocaba, la adaptación de Bill Condon repite estructura, diseños, canciones, diálogos, chistes e incluso planos. Pero, de algún modo, también consigue reproducir la magia y el encanto de aquel hermoso cuento de hadas.

Sin darme cuenta, me descubrí feliz, con esa sonrisa infantil que, avergonzados y ocultos en la oscuridad de la sala, esperamos que nadie perciba. Disney tenía razón, la belleza está en el interior. La Bella y la Bestia es mucho más que esa imitación que yo esperaba, tiene su propia esencia.

Una de las claves es, probablemente, el aumento de metraje. La historia ha pasado de 89 minutos a 129. Esos 40 minutos extra han permitido agrandar el relato y, sobre todo, dotar de mucha más vida y profundidad a las tramas y personajes secundarios. Son ellos los que salen ganando: el padre de Bella, el servicio / mobiliario de Bestia, Gastón –Luke Evans clava, de forma hilarante, al vanidoso y descerebrado villano– y, muy especialmente su escudero LeFou.

El personaje interpretado por Josh Gad aporta mucho más que ese toque 'gay friendly' tan comentado en los medios

El personaje interpretado por Josh Gad aporta mucho más que ese toque gay friendly tan comentado en los medios. El tema de la homosexualidad aparece de forma sutil, elegantísima, respetuosa, tierna y, al mismo tiempo, divertida, ya que LeFou es, con diferencia, la mayor aportación cómica de la película.

Aunque muchos lo criticaron, la elección de Emma Watson como Bella también es un acierto. No es su hermosura lo que importa sino su ingenio, su personalidad y su carácter decidido, algo que a la actriz, conocida por su activismo feminista, no le cuesta representar. Tampoco Bestia encaja en el prototipo de principito supermodelo. Su versión salvaje impresiona –amenazador y bestial en unas ocasiones y sensible e inseguro en otras– y su lado humano, con el rostro y cuerpo del actor Dan Stevens, más allá de sus bonitos ojos, tampoco es el de un top model, algo que hace un poco más digerible el a menudo hipócrita lema sobre la belleza que se oculta tras el aspecto físico.

Irónicamente, esta película representa a la perfección el mensaje opuesto: la belleza también está en el exterior. Preciosa y colorista desde el punto de vista artístico y asombrosa e impecable desde el punto de vista técnico, La Bella y la Bestia no ha caído en el error de buscar el hiperrealismo a través de imágenes generadas por ordenador.

El cartoon, el estilo de dibujo animado, es lo que más encaja con esta historia, y no son pocas las escenas en las que se prescinde de la verosimilitud en favor de la diversión y el espectáculo visual, especialmente en el famoso número musical del festín para Bella. Porque no hay que olvidar que esto es un musical. De hecho, la música tiene mucha más presencia que en la cinta original, con versiones más largas de las canciones clásicas y unas cuantas nuevas.

Si alguien prueba este dulce pero digestivo cóctel de melodías, amor, nostalgia, belleza y magia y no se emociona siquiera un ápice, definitivamente no tiene corazón.