"Silencio, vacío y soledad". A esos tres sentimientos reduce su interés plástico el artista austriaco Eduard Angeli (Viena, 1942), quizá el gran maestro vivo de la pintura al pastel y, sobre todo, un explorador insistente del espacio silencioso y la magia poética de los lugares donde la presencia humana sólo es tangible en las casas, edificios y construcciones.

Dado que en 2017 —la fecha exacta es el 15 de julio— el artista cumple 75 años, el principal museo público de Viena, el Albertina, organiza una retrospectiva con obras de toda la carrera de Angeli, que empezó a pintar en los años sesenta del siglo pasado. La muestra sobre este explorador de la soledad está en cartel hasta el 25 de junio.

Durante su más de medio siglo de práctica artística, Angeli no ha dejado de dedicarse al mismo tema, el espacio silencioso, un asunto de calado mítico que ya preocupó a los artistas más admirados por el austriaco: Edward Hopper y Giorgio de Chirico, el primero un esencial buscador del latido vacío y el peso de la existencia y el segundo un soñador de grandes espacios febriles.

En Angeli la melancolía es el estado de ánimo fundamental, podría decirse que el único. Caracteriza tanto los pasteles vivamente coloreados y llenos de luz de los años setenta y ochenta, donde, en escenas sobre las consecuencias del colonialismo, la emigración o en paisajes amenazantes, todavía representaba, casi siempre sen siluetas sin facciones, a seres humanos, como en las oscuras pinturas que ha producido desde finales de los noventa.

Panoramas desdibujados por la niebla

Trabajando principalmente en Venecia y Estambul, dos ciudades que le atraen porque ambas sobrellevan el lastre de la pérdida de una grandeza histórica que es cosa del pasado, Angeli muestra un mundo de quietud tan amenazante como utópico al tratarse de cuadros figurativos de construcciones, panoramas desdibujados por la niebla o pequeños atisbos arquitectónicos del presente, un momento de destrucción y ruido.

Hace fotos como 'apuntes de memoria visual' Aunque sus obras tempranas tienen una lectura política, el austriaco ha escorado su paleta temática hacia la metafísica más dura, representando e interpretando ciudades sin gente. Los paisajes no son creados al aire libre ni en proximidad: nacen de instantáneas fotográficas que sirven al artista como "apuntes de memoria visual".

Lugares 'inundados por turistas'

Durante sus viajes, Angeli toma cientos de fotos rápidas, casi automática. A su regreso al taller, transforma el resultado en una visión interna de un silencio despoblado, construyendo una vez y otra ciudades muertas. El artista busca lugares que han sido "inundados por los turistas y totalmente comercializados", pero se abstiene de reproducir la actividad y el consumo, los borra para representar "lo invisible" en forma de naturalezas alegóricas.

Reduce la realidad a la esencia desnuda El matiz único y melancólico común a todas las obras de Angeli, dicen los organizadores de la exposición, está basado en la reducción, tanto en sentido estético como formal. "El artista austriaco muestra una maestría inigualable en el difícil arte de la sustracción sutil. En sus obras elimina todos los detalles de la vida cotidiana urbana y reduce la realidad a la esencia desnuda, permitiendo ver su pura poesía y representar sutilmente la soledad y la melancolía", añaden.