Obsesivo en la pretensión de lograr la armonía definitiva entre el color y la línea, el francés Henri Matisse (1869-1954) es uno de los artistas de mayor talento de la primera mitad del siglo XX —si se trata de reducir a los esenciales los creadores contemporáneos, los críticos suelen quedarse con él y Picasso—. No solamente destacó por la profusa producción de obras, que solamente en óleos alcanzaron el la cantidad de 215, sino por la búsqueda constante de lo que llamaba "pintura verdadera".

La exposición Matisse in the Studio (Matisse en el estudio) muestra cómo este trabajador constante echaba mano de todo aquello que le rodeaba para integrarlo en su imaginario. La muestra, en la Museo de Bellas Artes de Boston (EE UU) hasta el 9 de julio, demuestra la "profunda influencia" que tuvieron los objetos a los que estaba vinculado por una relación sentimental, con frecuencia adquiridos por él mismo, en el desarrollo de la plástica del francés.

Junto con 36 cuadros, 26 dibujos, 11 bronces y nueve recortables, la pinacoteca exhiben 39 objetos que decoraban el taller privado del artista y que, en algunas ocasiones, aparecen en varias versiones en diferentes obras. Es la primera vez que estas posesiones —más preciadas por el vínculo emocional que por el valor económico— se exponen junto con algunas de las obras en las que aparecen.

Un buen ejemplo de cómo los objetos entraban en el arte de Matisse y se convertían, como dicen en el museo, en "actores" de las obras la apreciamos en una foto del artista en 1944, tres años después de padecer un cáncer abdominal, del que fue operado con éxito pero con secuelas importantes para la calidad de vida del paciente y su capacidad de trabajo. En la imagen aparece una bella cortina que había comprado Matisse en un viaje a Egipto y cuya trama había sido la inspiración para el fondo de la Odalisca reclinada de 1929.

Un jarrón verde comprado en un viaje a Andalucía en 1910 Lo mismo sucede con un jarrón de cristal verde que compró durante un viaje a Andalucía en 1910, una chocolatera que había recibido como regalo de boda, una vasija de peltre y una colección de máscaras africanas y asiáticas. La mayoría de los objetos habían sido elegidos por el propio pintor porque le decían algo y encontraba encaje entre su forma de buscar el equilibrio formal y la perfecta sencillez de las posesiones.

Implicación con culturas ajenas

"La exposición cuenta la historia de la implicación de Matisse con las culturas ajenas de Asia y África y permite a los espectadores ver las obras del artista bajo una nueva perspectiva, donde la síntesis de los préstamos que utilizaba plantea cuestiones relevantes sobre la forma del arte de hoy", dice Ellen McBreen, una de las coordinadoras de la muestra.

A partir de las máscaras africanas empezó a pintar los desnudos con una técnica más básica Dividida en cinco secciones, la muestra revela cómo las figuras de arte nativo africano, sobre todo del pueblo yoruba, indujeron a Matisse a afrontar los desnudos con una técnica más básica y, al mismo tiempo, más expresiva y poderosa, usando la misma sencillez de los artesanos.

'Fuerte simplicidad'

Aunque Matisse, como muchos de sus contemporáneos, sabía poco sobre la procedencia y el significado cultural o religioso de las máscaras, "se apropió de sus formas y funciones" en los retratos al óleo, que comenzó a pintar con "fuerte simplicidad" y colocando distintos puntos de vista sobre el mismo rostro —una nariz vista de perfil, por ejemplo, en un plano frontal de un rostro—.

Similar estilo puede encontrarse en el autorretrato de 1906 —uno de los apenas cuatro que pintó en su su vida—, que tiene una cualidad escultórica, como si fuese modelado en lugar de pintado. La pintura carece de detalles narrativos y atrae el foco hacia la identidad expresiva de la mirada fija de Matisse y los rasgos fuertes, más parecidos a los de una máscara que a los de un modelo vivo.