Pompeya podría catalogarse como una inmolación colectiva en beneficio de la historia. La potencia de la erupción del volcán cuyo nombre posiblemente más veces se ha repetido a lo largo de la historia, Vesubio, sepultó la populosa urbe romana en octubre del año 79 d.C.

Hasta que las primeras excavaciones, iniciadas en 1748, permitieron empezar a vislumbrar el fulgor de esta ciudad. Ahora, cualquier visitante tiene la inigualable oportunidad de forjarse una idea de cómo se desarrollaba la vida en una población arquetípica de la Roma imperial. De retroceder dos milenios en la historia.

En Pompeya el visitante no necesita mucha imaginación para atisbar las termas stabianas, los escarceos sexuales en la casa de los vettii y en el lupanar, o el  intercambio comercial en el Foro

Pompeya deslumbra por esa insólita ocasión que proporciona. Permite recorrer unas 50 hectáreas en las que resaltan el anfiteatro, el teatro y, sobre todo, características de las viviendas imposibles de contemplar en cualquier otro yacimiento. El horno de casa de Sirico, el claustro en la vivienda del Menandro, la ornamentación de la morada de Octavius Quartio, el mural de los protectores lares y penates en el domicilio de Vetius Placidus, la casa del frutteto con su mesa de mármol, los murales de Fabius Amandio… en definitiva, los pequeños y relevantes detalles del día a día de hace 2.000 años.

En la ciudad romana el visitante no necesita demasiada imaginación para atisbar las termas stabianas, las evocaciones eróticas y los escarceos sexuales en la casa de los vettii y en el lupanar, o el fructífero intercambio comercial y la gestión administrativa local en el espigado Foro Civil. Y si recorre la principal via dell'Abondanza va transitando, una tras otra, por la casa del efebo, la de Julio Polibio o de la denominada Venus de la Concha. Al contrario que en otros restos arqueológicos donde resulta necesario descifrar los vestigios, en Pompeya se ven, se distinguen, se admiran. Porque la ciudad sigue existiendo.

Cuerpos devastados

Sin habitantes, desde luego. Salvo si exceptuamos los cuerpos devastados por la lava, aunque perfectamente reconocibles -como si sobre ellos hubiera actuado un taxidermista pétreo-, que reposan en el poéticamente llamado Huerto de los Fugitivos. Transportan al imaginario colectivo la evocación de Pompeya. Representan a las víctimas de esta ciudad que contaba con una cifra que oscilaba entre los 15.000 y los 20.000 habitantes cuando el volcán Vesubio la asoló.

No resulta sencillo encontrar el citado Huerto de los Fugitivos, el corazón emocional pompeyano, ubicado junto a unos bucólicos viñedos. En general, no supone una tarea sencilla transitar por probablemente los vestigios romanos más visitados del mundo. Una paradoja incomprensible. Ante todo, la persona interesada en hacerlo requiere de tiempo. No menos de dos horas y, si puede, tampoco menos de cuatro. Necesita, además, paciencia y orientación.

Paciencia porque los grupos de turistas se acumulan ante algunos de los lugares más afamados de Pompeya, mientras que en otros se disfruta de un silencio imponente. Por tanto, se trata de optar por la Vía di Nola en lugar de la Dell' Abondanza siempre que resulte posible y, en general, de perderse por las calles transversales. De superar con presteza el Foro Civil y escaparse por la vía di Mercurio, por ejemplo. Desde luego, siempre con calzado cómodo para pasear por terreno pedregoso y desnivelado, nada adaptado a personas con dificultades para caminar. E ir provisto de agua, principalmente a partir de mayo.

Paciencia y orientación

Y orientación porque, de no llevar una persona que le guía, el visitante dependerá de un plano y de su intuición. Que no confíe en guiarse por las señales viarias, ya que apenas existen, ni instruirse en rótulos explicativos de los lugares, que también escasean. Ni en preguntar a algún trabajador, que los hay pocos (apenas media docena en todo el recorrido) y más centrados en sus teléfonos móviles que en atender dudas o tan siquiera en saludar.

Y más paradojas de la vida. La ciudad devastada por el fuego tiene un acceso sencillo por agua, en este caso por mar. Se trata del puerto de Nápoles, donde atracan cada día -en temporada alta- entre tres y cuatro cruceros con miles de visitantes ávidos de descubrir Pompeya. Entre aquellos destaca la colosal traza del Norwegian Epic (Norwegian Cruise Line), con capacidad para unos 4.300 pasajeros y una tripulación que alcanza los 1.500 trabajadores.

Norwegian Epic, el crucero colosal

Los números desgranan la capacidad de esta ciudad flotante: 300 empleados en la cocina, 285 limpiadores de habitaciones y salas, 300 camareros, 200 personas dedicadas al entretenimiento del pasaje… Provienen de hasta 70 naciones distintas. La cúpula organizativa del hotel la conforman un francés, un hondureño, un rumano, un filipino y un turco. Entre noviembre y abril desarrollan su labor en el Caribe; mientras de que mayo a octubre navegan por el Mediterráneo, entre Barcelona y Roma.

"No tenemos dos días iguales", explica Richard Janicki, el francés que dirige el hotel, que se expresa en inglés, como todos los tripulantes de esta ONU marítima, con un 40% de personal femenino. El principal usuario de este crucero lo constituye el cliente estadounidense, sobre todo en temporada invernal. En verano proliferan los españoles. "Suelen viajar en grandes familias. Son los que cierran los restaurantes", apunta Mustafá Gulhaman, el turco responsable de comidas y bebidas en el barco.

"Hemos de tener siempre el reloj en el cabeza para atender la actividad que toca en cada momento", comenta Janicki, quien añade que "cada día debemos lidiar con pequeños problemas, como qué hacer en cubierta si llueve o cómo atender a pasajeros que enferman". Todo, con una sonrisa por delante. Su regla número uno. Seguida de paciencia y calma.

Resulta complicado encontrar en un crucero como el Norwegian Epic algún detalle dejado a la improvisación. Hasta quien quiere viajar solo porque prefiere evitar la compañía o, por el contrario, para encontrarla, dispone de un espacio singular en el barco, con camarotes unipersonales y puntos de encuentro potestativos. Los lujos, reflejados en las habitaciones con formato de suite, no faltan; tampoco la oportunidad de ejercitarse en el amplio gimnasio o en la pista de correr. O de disfrutar del spa, una actividad que ayuda a relajarse tras un intensa e instructiva visita a Pompeya.