"Dios creó el mundo, pero los holandeses crearon los Países Bajos", reza un proverbio. Y así es, si tenemos en cuenta que una cuarta parte del país está al nivel del mar o por debajo de él. De hecho, ya en la Edad Media, los holandeses comenzaron a construir un sistema de diques y drenajes para vivir en esta realidad geográfica y evitar las inundaciones.

Y si de agua e historia hablamos, de Dordrecht hemos de hacerlo. Ubicada a aproximadamente una hora al suroeste de Ámsterdam, es la ciudad holandesa más antigua, ya que recibió los derechos para ser tratada como tal en el año 1220.

Paseando por sus calles, pero sin olvidar sus puertos, uno puede darse cuenta de la enorme importancia que, desde el punto de vista económico, tuvo esta población en el pasado. Su situación geográfica, en una región con abundante agua debido a la presencia de varios ríos, la convirtieron en zona de paso inexcusable para el comercio de grano y vino, entre otros productos.

Precisamente en Groothoofd, punto en el que se cruzan el río Oude Maas y el Merwede, se puede admirar la entrada principal que tuvo la ciudad en la antigüedad, en perfecto estado de conservación.

Dordrechtes es la ciudad holandesa más antigua

Ya dentro de las calles del centro histórico, la localidad sumerge al visitante en otra época gracias a su arquitectura bien conservada o restaurada, aunque también hay espacio para la modernidad en algunos de sus edificios, eso sí, sin alterar el paisaje urbano.

Además de la visita a alguno de sus múltiples museos o casas-museo, resulta interesante entrar en una tienda de antigüedades, vivienda conocida con el nombre de 'Viviendo en la tienda' ('Living in the store'). Un espacio con multitud de objetos curiosos que, además, como su nombre indica, es la residencia de sus dueños.

Volviendo a la importancia del agua en Dordrecht, una de las opciones de alojamiento para tener en cuenta es el hotel Villa Augustus, cuyas habitaciones se encuentran en una antigua torre de agua del siglo XIX. Además, cuenta con restaurante y cafetería en una antigua estación de bombeo aledaña en la que se pueden degustar, entre otras cosas, productos de su propio huerto y carne y pescado locales.

Patrimonio de la Humanidad

A menos de media hora en barco de Dordrecht se encuentran los molinos de Kinderdijk, paisaje holandés por antonomasia, junto al de las plantaciones de tulipanes. Este complejo fue declarado Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1997 y consta de un total de diecinueve molinos de viento, diecisiete de ellos construidos entre 1737 y 1740 y los otros dos con anterioridad.Kinderdijk cuenta con diecinueve molinos de viento

Su función durante largo tiempo no fue otra que la de drenar las tierras bajas para evitar inundaciones. Ya en los siglos XIX y XX las estaciones de bombeo los fueron sustituyendo, primero las de vapor, después las diésel y las eléctricas. Actualmente, el agua se evacua con estaciones de bombeo de tercera generación.

La visita a Kinderdijk no sólo permite el disfrute de un paisaje característico de pólder (tierra pantanosa ganada al mar), sino también el conocimiento del sistema de control del agua en este tipo de zonas y su evolución en el tiempo.

Los turistas pueden incluso entrar en alguno de los molinos y hacerse a la idea de cómo es la vida dentro de ellos. De hecho, la mayor parte siguen hoy en día habitados. A modo de resumen, se podría decir que si Don Quijote hubiese nacido en los Países Bajos, sin duda, Kinderdijk hubiese sido su Castilla-La Mancha.

Venecia en versión holandesa

Ya hacia el nordeste del país, como a dos horas de Dordrecht y a una de Ámsterdam se encuentra Giethoorn, una pequeña población que se fue fundada en 1230 por monjes italianos. En su origen fue un asentamiento de excavadores de turba, labor esta que favoreció la formación de lo que nos encontramos hoy: lagos, canales e islas con más de 170 pequeños puentes de madera que dan acceso a casas con tejado de paja, antiguamente, muchas de ellas, granjas de los siglos XVIII y XIX.

La localidad permite ser visitada tanto a pie, como en bicicleta o por el agua, gracias a la posibilidad de alquilar una pequeña barca eléctrica de fácil manejo, a no ser que se quiera intentar navegar en un punter, la embarcación tradicional de la zona que se mueve gracias a una pértiga.

Además de las impolutas casas y los jardines cuidados al detalle por los habitantes de Giethoorn, se puede disfrutar también de la presencia de numerosas especies animales, entre ellas patos y nutrias. Estas últimas han sido recuperadas gracias a la eliminación de la contaminación, lograda gracias a la prohibición de circulación de botes movidos por combustibles contaminantes. Eso sí, lo que todavía no se ha logrado evitar es que dos o tres días al año en los canales haya atascos debido al elevado número de barcas, sustitutas de los coches en esta población.

Si todavía se quiere un mayor contacto con la naturaleza, la opción es adentrarse todavía más en el Parque Nacional de Werribben Wieden, a pocos kilómetros de Giethoorn. Además del pantano más grande de Europa noroccidental, caminos de tierra, prados, campos de heno y marismas son el hábitat ideal para aves, mariposas, libélulas, nutrias y una población de unos 500 corzos.