La Ibiza primaveral florece en el encanto de localidades como Santa Gertrudis de Fruitera, con su plaza de la Iglesia y sus restaurantes sombreados por higueras; o de San Miguel, con sus recovecos y su mercado dominical. Desde luego, también en calas como la del Portitxol, de acceso peatonal y que permite el placer de disfrutarla con compañía reducida, sin acumulación de visitantes. La isla muestra los mismos encantos, aunque con menos ojos para contemplarlos. No ha empezado el frenesí de la temporada estival.

Con alrededor de 17 kilómetros entre la ciudad de Ibiza y la localidad de Sant Antoni de Portmany, los dos ejes más populosos, desplazarse por carretera constituye la opción más práctica. Tanto en moto como en coche. Los locales de alquiler de estos vehículos proliferan.

En el propio aeropuerto isleño, en Sant Jordi de Ses Salines, a 7,5 kilómetros de la capital, numerosas empresas esperan con sus furgonetas a los turistas. Cada una de un color. Desde allí los trasladan a las bases de recogida de vehículos alquilados. Antes de devolverlos tendrán que pasar por la cercana gasolinera de Cepsa a dejar el depósito lleno. Y acreditarlo con recibo. No sirve otra más alejada para evitar recargos.

A partir de ahí, comienza el recorrido. Para los visitantes, habitualmente más lento. Para los autóctonos, más rápido, con desplazamientos a la velocidad del viento de Levante que sopla por estas latitudes. Parada, para empezar, en Santa Eulalia, el tercer municipio por orden demográfico. Sobresale por la pulcritud de su fisonomía, con árboles bien podados, mercaditos alegres y comerciales calles peatonales, y una oficina de turismo que únicamente abre de 10 a 13 horas de lunes a viernes. Pequeño contratiempo que no impide paladear el paseo marítimo.

Mercado hippy

Y cerca, en Las Dalias, uno de los más emblemáticos mercados hippies. Con precios actualizados aunque evoque los años 60 del siglo XX, y acceso previo pago de 3,5 euros en los descampados habilitados como aparcamientos. En pleno apogeo, con cientos de puestos que ofrecen abalorios de todo tipo a miles de transeúntes. Desde allí puede disfrutarse de una pausa en el céntrico municipio de Gertrudis de Fruitera. Su principal encanto radica en la opción de comer en alguno de los restaurantes que extienden sus sillas en la plaza de la Iglesia, a la sombra de higueras o toldos.

Para quien prefiera una opción culinaria británica, siempre dispone –hasta las seis de la tarde- de los fish and chips de Stevie D's, en Sant Antoni, aunque el local resalta más por sus pantallas de televisión que emiten continuamente partidos de la liga inglesa que por la calidad y diversidad de sus platos. A escasos metros, y siguiendo con cocina internacional, Pizzaman.

Y del interior a la playa. A la recóndita cala de Es Portitxol. El último aparcamiento en condiciones se halla en la cima. Desde allí comienza el descenso por un camino repleto de socavones poco recomendable para transitar con vehículos. Muy cerca, y con el objetivo de retornar al interior en este zigzag turístico, visita al dominical mercado de Sant Joan de Llabritja, exquisito pueblo blanco en la sierra, con su singular iglesia. Los puestos, aunque igual de interesantes, ya no son tan hippies como Las Dalias. Quizás por ese motivo el aparcamiento resulta gratuito.

Portinatx y cala Xarraca

Retomamos la costa. En este caso desde la localidad costera de Portinatx, con su conglomerado de hoteles y restaurantes en primera línea. La comida, a precio de temporada alta en gran parte de España, aunque en Ibiza no lo sea. Una fideuà –el plato originario de la valenciana ciudad de Gandia- para dos personas sale a 22 euros por comensal. Cerca, la cala Xarraca, también con sus distintivos establecimientos turísticos. Aporta, como cada pedazo de litoral de la isla, su imponente paisaje marítimo.

Otra cala. En este caso denominada Comte. Un kilómetro de paseo para acceder desde el aparcamiento. Una opción de disfrutar de cada metro transitando por imponentes tramos de rocas remojadas en aguas cristalinas. Cerca de la torre d'En Rovira.

Entre playas y poblaciones de interior, la inexcusable visita a la capital, a la ciudad de Ibiza. Un enorme aparcamiento público a 1,30 euros la hora, ubicado en paralelo al paseo marítimo, facilita desprenderse del vehículo. Imponente la fortaleza defensiva en Dalt Vila iniciada por Felipe II, junto a sus singulares túneles empinados de acceso para llegar a la cumbre, a la catedral. Vista magnífica oteando toda la costa. Y la opción de descender por un camino alternativo, por las estrechas callejuelas de casonas blancas que acogieron a diferentes artistas.


Estatua y mercado en la capital

Las tiendas de ropa, con estatua incluida en homenaje a los primeros hippies, no faltan en el puerto. Tampoco el clásico mercado central que enriquece el recorrido cultural a cualquier capital de provincia, aunque en este caso reduzca su ocupación a cuatro tiendas básicamente de fruta. El entorno peatonal merece con creces el paseo. Ya en las inmediaciones, el tranquilo recorrido vial por las salinas de Sant Jordi remata la visita capitalina.

Continuamos alternando paisajes. Como las calas confieren la fama a Ibiza, exploramos alguna más. Zona suroeste. Cala d'Horta. Ubicada al final de un descenso hasta la costa. Se llega perfectamente en coche para disfrutar de una playa de unos 200 metros rebozada por aguas cristalinas. Desde allí, a escasa distancia, el cabo Llentrisca. Aparcas al final de una amplia senda y caminas unos 15 minutos. El camino se presta a confusión e incluye propiedad privada, aunque accesible al público. Terminas ante un temible desfiladero enfrentado a las islas de Es Vedrà y Es Vedranell.

De cala a playa, aunque algunas tengan precios prohibitivos, incluso en primavera. La d'En Bossa cobra seis euros por aparcar coches y quads. En todas, el precio máximo por hamaca puede alcanzar los diez euros. Para apaciguar la sed, una cerveza Isleña, con botella metálica y multicolor, o 'happy flower', depende desde qué perspectiva se mire.

Hippy Market

Y ya de vuelta a la mundología hippy, que mejor que visitar el Hippy Market, ya con sus 44 años a cuestas que lo encumbran como un verdadero clásico ibicenco. Abre cada miércoles en Es Canar. Muy cerca del ubicado en Las Dalias y con bastantes comerciantes que coinciden, aunque pueden ofrecer el producto a diferente precio. Mucha ropa y buen ambiente, con conciertos en directo.

Desde allí a otro renombrado lugar, esta vez como restaurante. Ibiza, debido a su reducido tamaño, se recorre rápido, aunque en demasiadas ocasiones las carreteras secundarias no acompañan por su deterioro y escaso mantenimiento. El aludido restaurante local El Bigotes, especializado en el típico Bollit de Peix. Su encanto radica también en ocupar una cala. Imprescindible reservar.

Como no lo hemos hecho, subimos de nuevo al vehículo con rumbo a San Carlos, otro de esos diminutos pueblos isleños con encanto autóctono. En este caso destaca por el porche que sirve de antesala a su iglesia, sustentado en blancas columnas. Con magnífica dotación de parques infantiles, un aspecto que cuida bastante Ibiza.

Buena oportunidad para degustar la greixonera, el postre clásico que recuerda al pudding, con canela y ralladura de limón. Y ya que aludimos a artículos gastronómicos, en el recorrido ibicenco no puede faltar la sobrasada. La carnicería Los Valencianos, en Santa Eulalia, ofrece sabrosos ejemplares. Perfecta para empanarla y disfrutar de un jugoso bocadillo en otra cala –una más-. En este caso, la de Sant Vicent, que presume, con razón, de sus aguas cristalinas bañando su arenosa playa. Bien escoltada por hoteles que copan el paseo marítimo. Una de las imágenes características de Ibiza en cualquier época del año.