Compañeros perdedores:  

No me vengáis con tópicos: las cosas como son y nadie nos dijo que fuera fácil pillar el Gordo; es más, los matemáticos se han encargado de recordarnos que las posibilidades de que uno de nosotros saliera en los medios descorchando una botella de cava eran exactamente de 1 entre 100.000. Y naturalmente la implacable ley se ha cumplido y en la fotografía, como siempre, salen otros –benditos sean– porque, como inversión pura y dura, esto de la lotería es un desastre: la esperanza, en el mejor de los casos, es perder el 30% del valor del décimo.

La esperanza, aunque sea lejanísima, nos sostiene en pie y este sorteo se convierte en una liturgia pagana

Pero eso, claro, no lo pensamos antes de que se apaguen los bombos, y el único consuelo que nos queda después es que, un año más, no vamos a contribuir a la cara de satisfacción de Montoro, al que, sin jugar, siempre le toca (nos toca, seamos sociales) un buen pellizco. Es un pensamiento mezquino, lo sé, pero reconozcamos también que es una putada que un año más nos quedemos con las ganas y no podamos tapar los famosos agujeros, que es lo que suelen decir que van a hacer los que ganan.

Pero ese cabreo general por el 20% que se lleva Hacienda, creo que lo personalizamos demasiado en el señor ministro, en el hombre y el nombre, porque tal vez sea este el menos injusto de los impuestos y, aunque nos duela perder, el viejo eslogan de "Hacienda somos todos" esta vez se equivoca a nuestro favor, perdedores, porque Hacienda solo son los de la foto y nosotros, los de siempre, algo pillaremos en forma de Presupuestos del Estado. Digo yo. No es un consuelo, claro, pero es mejor que recurrir a la salud, sobre todo cuando los agujeros que ya vamos teniendo por la edad no se tapan ni con todas las pedreas.

Está claro que la lotería, incluida esta de la Navidad, compañeros perdedores, no es un buen negocio, y si tuviéramos dos dedos de frente nadie jugaría sabiendo las remotas posibilidades de ganar. Pero ahí estamos, año tras año batiendo récords porque la esperanza, aunque sea lejanísima, es lo que nos sostiene en pie y este sorteo se convierte en una liturgia pagana, en un abrazo fraterno de intercambios y dudas para los que no hay solución: o no jugamos nada de nada y renunciamos de entrada a la esquiva fortuna o terminamos llenos de participaciones que a estas horas duermen el sueño de los justos en la basura.

Un abrazo solidario, perdedores, y nos vemos en 'el Niño', Andrés Aberasturi.