He comido pollo en un orinal. Tranquilos, la camarera del restaurante me aseguró que estaba limpio. Presentarlo en ese utensilio tan poco fino, en lugar de en un plato, parecía un punto a favor, que hasta lo anunciaban en la carta. Orinal de pollo con rebozado de kikos. Lo pedí para comprobar que no era broma y, no, iba en serio. Una bacinilla como la de mi bisabuelo, aunque esta tenía los bordes estratégicamente desgastados. Probablemente había salido de una de esas tiendas de cosas modernas-antiguas de Malasaña, cerca de donde quedaba el gastrobar.

Comer en un orinal

Parece que para molar ya vale hasta comer en orinales. El caso es que vivo en Malasaña, me gustan los Bao y los festivales. Si ahora salgo con que no soy moderno y que todo eso ya no me mola, estaría cumpliendo con el cliché del moderno que renuncia al moderneo para ser aún más moderno, así que he optado por comprender cómo he acabado comiendo en un orinal leyendo Sociología del moderneo (Melusina), de Iñaki Domínguez.

Me ha dado buenas leches con eso de que el moderneo, a pesar de su aparente individualidad, es un movimiento construido colectivamente para manejarse socialmente. Está tan globalizado como la decoración de las casas desde que los muebles son de Ikea y un barrio moderno ya es igual aquí que en Viena. También son internacionales las etiquetas raras (muppie, foodie, lumbersexual) con las que renombrar lo de siempre de manera que parezca nuevo para que pueda volver a venderse, y la primacía de la estética sobre la ideología, si es que existe. En el fondo, el moderneo es clasista porque va de ser diferente, pero con un aura de distinción.

Se renombra lo de siempre de manera que parezca nuevo para que pueda volver a venderse

Esto del orinal convertido en plato es similar a la reinterpretación de espacios antiguos, como esos bares con solera que mutan en templos indies. El moderneo va de saltarse las normas y pasar del contexto habitual (más de viejos que un orinal y más transgresión que servir en algo así la comida, pocas cosas). El mayor exponente de esto de que lo último sea lo del pasado es la polémica gentrificación que ha convertido barrios en los que nuestros padres nos tenían prohibido entrar en zonas pijas. Los supermercados exprés, esos que se han cargado el pequeño comercio, salen como setas, aunque en todos venden desatascador de tuberías porque las casas, aunque tienen alquileres de lujo, están en cuidados paliativos. También es verdad que hemos recuperado el centro de las ciudades, aunque sea adaptándolo al progreso. Ya se sabe que ese tiene sus cosas buenas y malas, como lo de que sale carísimo.

Esto del moderneo no es más que una búsqueda de la identidad. Una tribu urbana como cuando en los noventa fuimos grunges, heavies o bakalas. Lo llamativo es que aquello ocurrió en nuestra adolescencia, la época en la que se busca una identidad en el grupo que ayude a marcar la diferencia con la familia de origen. Al moderneo se apuntan veinteañeros, treintañeros y hasta cuarentones, décadas en las que se supone que ya somos adultos, la identidad ha cuajado y no se necesita reescribir, o sí y por eso ahora alargamos la juventud hasta la extenuación.  

Escribí todo un libro sobre las ventajas de la adolestreinta (Treinteenagers, Lunwerg), aunque en el último capítulo hablaba de la necesidad de alcanzar el momento de abrazar la tribu urbana de los adultos, sin etiquetas. Está difícil porque la crisis nos mandó de vuelta a la casilla de salida; cuando debíamos estar con la hipoteca nos encontramos con sueldos de becario. Dicen que estamos en el sendero de la recuperación, pero el escenario ha cambiado. Adultos como los de antes, con contrato fijo y coche nuevo cada lustro, suena a especie en extinción. Ahora nos toca ser mayores de otra manera, aunque la ciática nos venga a la misma edad que a nuestros padres (el cuerpo no entiende de frenadas). Igual para sobrellevarlo nos hemos enganchado al moderneo, que tiene sus cosas buenas, pero también dislates como lo de intentar convencernos de que el pollo está más rico en un orinal. Por muy limpio que esté, me quedo con el plato.