Hace un año y pico, las revistas de tendencias nos contaron que para molar teníamos que descargarnos Snapchat, la red social a la que se estaba mudando todo el mundo. Me bajé la aplicación y me subí al carro. Resultó que por allí sólo estaban los hijos adolescentes de mi prima y un par de amigos tan perdidos como yo. La novedad residía en la posibilidad de subir fotos y vídeos con los que formar una historia con tu día a día. Podías ponerte filtros para parecer un perro que soltaba lametones o hablar con voz de pitufo (más vale que los extraterrestres de Trappist-1 no hayan pillado la señal de nuestros móviles).

Resultó que por allí sólo estaban los hijos adolescentes de mi prima

Antes de que los que ya pagamos impuestos consiguiéramos movernos por Snapchat sin parecer viejóvenes, llegó la actualización de Instagram para subir historias. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de contar en esa red cómo hacíamos la compra, amanecimos con que Facebook tenía circulitos para ver las historias de tus amigos. Unos días después, llegaba Whatsapp con lo mismo. Snapchat ya había sido más copiado que las canciones de los Beatles.

El problema no es que los desarrolladores de redes sociales muestren una carencia de originalidad, ni que los peces grandes se hayan comido al pequeño en un ejemplo de capitalismo voraz. Lo peor es que cada una de esas aplicaciones nos lanza el mismo mensaje: tu día a día tiene que ser tan interesante como para que el resto del mundo quiera verlo.  

Es como si cada uno de nosotros tuviera un reallity, con la diferencia de que en esos hay guionistas que hacen que todo lo cotidiano resulte apasionante. En nuestros stories vamos a trabajar, hacemos deporte, la cena, salimos el sábado… La mayor parte de los días estamos en los mismos escenarios, tenemos a los mismos secundarios y no hay puntos de giro. Pero, por la rapidez con la que todas las redes sociales han incorporado el formato, está claro que la cosa funciona. O igual nos esforzamos para que sea así.  

No ayudan mucho a construir esa biografía virtual en la que podrán bucear nuestros nietos

Soy el primero que participa del juego, aunque lo bueno es que esto me ha pillado de adulto y tengo claro que los ‘me gusta’ me los tienen que dar en la vida real. Bueno, casi siempre lo tengo claro, a saber lo que habría sido capaz de hacer en mis stories si me llega a pillar en esa época en la que estaba en plena de necesidad de aprobación.

Lo peor es que habrían sido esfuerzos efímeros porque las stories en todas estas aplicaciones se eliminan en veinticuatro horas. No ayudan mucho a construir esa biografía virtual en la que se dice que podrán bucear nuestros nietos cuando vivan en exoplanetas para saber cómo nos lo pasábamos antes de usar garrota. Aunque me da que las verdaderas historias se las contaremos en persona porque no estarán en ninguna red social. Son esas que, mientras las estás viviendo, ni te acuerdas de sacar el móvil. Historias de verdad y no stories