Si hace tres meses me cuentan que iba a escribir una crónica sobre lo mucho que he adelgazado, me habría dado un ataque de risa. Más que nada porque yo no estaba gordo. Si acaso, dejado. Vale que ahora veo las fotos del antes y parezco Papá Noel a tope de Just For Men, pero a mí nadie me había definido nunca como gordo. Para todo hay una primera vez y la mía llegó en forma de dibujo firmado por mi sobrina de 9 años, Carlota. Me lo regaló para que lo pusiera en la nevera, pero le dejé la goma de borrar y le pedí que le diera una vueltecita. La niña lo dejó como estaba porque me había retratado tal y como me veía en su cabeza: fuertecito. Lo peor fue que su abuela le dijo que me había sacado estupendo y, ya de paso, a mí me recordó que los niños siempre dicen la verdad. Si mi madre, que siempre había negado que Brad Pitt fuera más guapo que yo, me veía anchito, igual la cosa sí que se me había ido de las manos.

Me costaba creerlo porque siempre he sido de los que comen sin repetir plato y tirando a sano. La pizza no me entusiasma (creo que soy el único vecino de Malasaña que nunca ha pedido que le lleven una a casa) y prefiero el bonito con tomate a la hamburguesa, aunque sí tengo una debilidad: picar entre horas, a ser posible, dulce. La costumbre la pillé de chaval, cuando te zampabas una palmera de chocolate y una bolsa de Risketos en el parque, siempre acompañado de Coca-Cola. Pasados los veinte, resulta que todas esas guarradas sí que engordan, así que la mayoría las dejan por el camino. No fue mi caso. Es cierto que hacía tiempo que en mi casa no entraba un bote de Nutella para no caer en la tentación, pero si la gusa me pillaba por la calle me hacía con una bolsa de gominolas, una de Fritos, un donuts o todo a la vez. Igual era por adicción al dulce, por aplacar los nervios o porque las Oreo Gold están buenísimas, pero el caso es que, después del golpe en la cabeza que me pegó mi sobrina, decidí probar a dejar de malpicar entre horas, como me recomendó mi madre, y ver qué pasaba.

Artículos de esos que cuentan lo feliz que eres comiendo apio hay un montón. Yo os voy a contar la verdad: adelgazar es un coñazo. La mayoría de la comida de régimen está fría, agria o no sabe a nada. Para una dieta estricta no me veía (pesaba casi ochenta kilos, mido 1,70 cm y las tablas decían que me sobraban diez), así que decidí hacer la mía propia que probablemente ponga del revés a cualquier nutricionista y con razón. Conste que no pretendo sentar cátedra, sino compartir una experiencia sin frases motivadoras de libro del Vips. 

Para empezar, me organicé las comidas y las dejé en las cinco recomendadas, pero sin repeticiones. En España, no sé si porque la jornada laboral dura todo el día, tendemos a los redesayunos a las once, las remeriendas a las ocho y las recenas a medianoche. Lo mejor para meter una rutina nueva en tu vida es cambiar el entorno habitual, así que aproveché que empezaba un nuevo trabajo para dejar las magdalenas entre horas y probar con los plátanos. Lo sé, es la fruta que más engorda de todas, pero la otra opción era una napolitana de crema.

Los refrescos carbonatados no me los quité, aunque me aficioné a los que no tienen azúcar que no saben igual, ni de lejos. El alcohol no lo dejé, pero porque tampoco es que esté yo empadronado en Magaluf. Lo que sí subí fueron las dosis de café que, entre la leche y el azúcar, tiene unas cuantas calorías, esa unidad de medida que se convierte en una obsesión cuando quieres bajar peso y te lleva a perder el criterio al hacer la compra. De pronto, mi prioridad ya no era el sabor o la calidad, sino lo que engordaba cada cosa. Se me pasó la locura cuando me di cuenta de que si me llevaba yogures de esos 0% me comía dos de golpe y con los de siempre, con mermelada en el fondo, me mantenía más comedido.

Además que, más que de la que metía en la nevera, de lo que me tenía que preocupar era de lo que me zampaba por la calle. Opté por cambiar los regalices del chino por paquetes de pavo del supermercado, de esos de un euro. Están tan procesados que no tienen sabor a algo que exista en la naturaleza, así que los combiné con los de lomo y jamón serrano del mismo precio (de pata negra no son). Lo más raro de todo fue acostumbrarme a las miradas de extrañeza que me lanzaba la gente por estar comiendo fiambre mientras esperaba a que se abriera el paso de peatones. En cambio, cuando zampaba Doritos no despertaba ninguna risita… El caso es que mi plan de picoteo “sano” funcionó y conseguí llegar sin que se me atascara el brazo en el bote de Pringles hasta las horas de las comidas, en las que me daba barra libre.

Soy de los que, por trabajo y porque no tengo lavavajillas, suelo comer fuera, otro de los enemigos de las dietas. La realidad es que en los menús del día suele haber platos verdes y a la plancha. Cuando me tocaba comer algo rápido, tiraba de sushi que es bastante más ligero que el euroahorro del McDonalds. El caso es que, comer, he comido de todo: macarrones, filetes, pescados en salsa, patatas fritas y hasta pan, la kriptonita de la delgadez. Al tener más ligero el estómago, comía con más ganas y, para mi sorpresa, disfrutándolo mucho más de lo habitual. Y, entonces, empecé a bajar de peso.

Bueno, no la primera semana, pero entre la segunda y la tercera sí me quité un par de kilos de golpe. Descubrí que el peso fluctuaba en la misma semana según la hora a la que me pesaba y por eso recomiendan pasar por la báscula sólo un día a la semana (la de la farmacia podía habérmelo contado la quinta vez que me vio metiendo moneditas en su balanza en la misma semana, la verdad). También me enteré de que los primeros cinco kilos se van medio rápido, pero luego te atascas porque el cuerpo se acostumbra a los nuevos hábitos. Fue entonces cuando asumí que necesitaba una ayuda extra: deporte.

Siempre me he movido en bici por Madrid, aunque reconozco que si me encontraba una cuesta, la hacía andando. Al perder peso descubrí que podía pedalear hasta arriba sin llegar con la lengua fuera. Eres más ligero, te mueves mejor y, en consecuencia, te duele menos todo lo que creías tener escacharrado por la edad. ¡La verdadera ventaja de adelgazar es que dejas de levantarte con dolor de espalda! Si se hablara más de esas mejoras y menos de las superficiales, igual me habría puesto con ello antes y no me quedarían tres cuotas del colchón de viscoelástica por pagar...

Total, que me vine arriba con lo de la agilidad y me apunté al gimnasio, por el que no pasaba desde los 00, cuando aún creía que tenía posibilidades de ser un cachas. Descubrí que todo era tan horrible como lo recordaba. La ruta del bakalao no ha muerto, ahora son clases de spinning y bodycombat. Lo de hacer máquinas, mancuernas y abdominales no sé cuántas endorfinas de esas de la felicidad te hace soltar, pero de las de mirar el reloj para ver si ha pasado el tiempo rápido, muchas. El único motivo para sufrir en el gimnasio es que funciona.

La ropa se me estaba quedando grande y volvía a valerme la que hacía tiempo que se me había quedado pequeña (luego te das cuenta de que ya no te gusta tanto como recordabas, pero ese es otro tema). A pesar de que mi armario notaba el cambio, en mi entorno no había mucho entusiasmo por mi pérdida de peso. Me decían “Se te nota un poco, sí”, hasta que me quité la barba y cambiaron a “¡Ostras, cuánto has perdido!”. Resulta que la perdida de peso no se aprecia hasta que se ve en la cara, como las alegrías y las penas. Las pocas personas que lo notaron antes, fueron mujeres. ¿Y eso? Pues, porque lo de adelgazar, lamentablemente, lleva el cartel de femenino colgado.

El packaging de casi todo lo light es de color rosa, decorado con la silueta de una mujer etérea. El anuncio de los 90 de la hora Coca Cola light, el del obrero mazado que se quitaba la camiseta, iba claramente dirigido a las mujeres. Esa misma marca, una década después, se adueñó de la etiqueta Zero para que los hombres a los que nos daba por adelgazar no corriéramos el peligro de tener que decir en voz alta “light”, no fuera a ser que quedáramos de preocupados por nuestro aspecto. Eso es algo históricamente ligado a las mujeres, igual que lo de que a los hombres nos combinen lo barrigones con la corbata. La confirmación de que esto de adelgazar no va con los de mi género me la encontré cuando le contaba a algún amigo que estaba en ello. Lo normal era que me dijera “para qué, si estás bien”, “qué chorrada” y cosas del estilo. Al hablarlo con chicas, lo de quitarle importancia se lo saltaban y tendían más a darme consejos.

El caso es que, tres meses después, tengo diez kilos menos. También un nuevo miedo, que no sabía que existía, a recuperarlos. El efecto rebote existe y a mí las ganas de comerme un par de donuts a mediodía no se me han quitado, pero al menos he descubierto que puedo vivir sin ellos.

A mi sobrina Carlota le pedí que me hiciera un nuevo dibujo, pero lo que ella hizo fue preguntarme por qué había adelgazado. Con esos ojos de cervatillo que sólo tienen los niños, me dijo que a ella le gustaba cómo estaba antes. Fue la primera vez que lo escuché sin que sonara a mentira piadosa. Le conté lo de que ahora estaba más sanote, podía subir cuestas en bici y me valía la talla M. Lo que no supe cómo explicarle fue lo de que me asustó pasar de tener unos kilos de más a estar gordo porque vivimos en una sociedad que eso lo castiga. El body shaming que leemos en redes sociales es el altavoz de lo que muchos tienen metido en la cabeza: lo importante no es cómo te veas tú, sino cómo te dibuje el resto.

No hizo falta que le explicara todo eso a Carlota porque lo conocía de sobra. Me habló de una amiga que tiene en clase, a la que otros niños llaman en el patio del colegio “la gorda” hasta hacerle llorar. Kilos de complejos que a ver cuál es la dieta que se los quita. El caso es que le he pedido a Carlota que casi mejor que no le haga un dibujo a su amiga, pero que se acuerde de decirle que a ella le gusta tal y cómo es.