El Roque Bentayga es una gigantesca formación rocosa que se alza desafiante en el corazón de la isla de Gran Canaria, en medio de la espectacular caldera volcánica de Tejeda y muy cerca del mítico Roque Nublo. En su base, los aborígenes canarios excavaron los cimientos de una inquietante construcción, un almogarén, un templo que marca con exactitud astronómica los equinoccios de primavera y otoño. Ahí arriba tocas las nubes y, si esperas a la noche, podrás disfrutar de uno de los cielos estrellados más hermosos del mundo. Y ahí arriba subieron, imagino que de la mano, dos imbéciles enamorados: Alexandra y Antonio. El lugar era tan especial, tan mágico, que decidieron inmortalizar el momento a navajazos, y no piensen en las lorquianas Bodas de sangre. Grabaron en el duro basalto un gran corazón atravesado por una flecha, con sus nombres y la fecha del estropicio en el interior, ajenos al irreparable daño que han causado a un lugar propuesto para ser declarado Patrimonio de la Humanidad. No les valía un selfi. Había que dejar constancia de su amor por los siglos de los siglos. Y de la exactitud del refrán castellano: “el nombre de los tontos aparece escrito en todas partes”.

Siempre nos ha gustado dejar señales de nuestro paso allá por donde fuéramos

En su defensa, estoy seguro, esgrimirán la justificación de que no sabían que un acto vandálico así no se podía hacer, pues ni sus padres ni sus profesores se lo habían explicado con detalle. Y más de uno dirá que esas cosas, que clasificará con benevolencia como chiquilladas, se han hecho toda la vida. No les falta razón. Maleducados han existido en todas las épocas.

“Dafnico pasó un rato aquí con su amada Felicula”, reza un grafiti romano descubierto en el muro de una casa de la destruida ciudad de Pompeya. Otro de este mismo lugar resulta pelín soez: “¡Cualquiera que lea esto es un hijo de puta!”. E incluso hay un tercero más propio de las puertas de unos sucios baños públicos: “Harpocras folló aquí estupendamente con Drauca por un denario”. Es verdad, siempre nos ha gustado dejar señales de nuestro paso, nuestro enojo o nuestro amor, allá por donde fuéramos. Por eso el éxito actual de los selfis en Instagram. Pero caray, desde los tiempos de Dafnico y Harpocras a los de Alexandra y Antonio han pasado dos milenios.

En las cuevas de Atapuerca hay valiosas pinturas paleolíticas mezcladas con numerosos grafitis con nombres de los que por allí pasaron desde época medieval hasta la actualidad más ceporra. Algunos están tallados directamente en la roca, como en la vecina Cueva del Fantasma, donde un tal Valeriano dejó constancia en la caliza de que desde 1953 a 1958 estuvo trabajando en ella como cantero. Después de pasarse cinco años sacando piedra a pico y barrena se le puede perdonar. Pero para los pibes de Gran Canaria no hay justificación, pues tienen poco de Valeriano (subir al almogarén te lleva apenas 20 minutos) y mucho de los amantes de Teruel: “tonta ella, tonto él”.

Esas profundas heridas son puerta de entrada a muchas enfermedades que pueden acabar matando a los árboles

En los árboles ocurre lo mismo. Sus cortezas son habituales receptoras de toda clase de mensajes grabados a navaja, como los del drago bicentenario de Gáldar (Gran Canaria). En este sorprendente ejemplar hay decenas de inscripciones de todos los años y épocas. Una de 1936 grita un patriótico ¡Arriba España!, terrible recuerdo del odio acumulado en nuestra guerra civil. Y otra, fechada el 13 de junio de 1913, muestra con rasgos infantiles la silueta de una mujer de cara feroz cuyo nombre lo dice todo: es la Vieja Regañona. Una bruja asustadora de niños, a la que según la leyenda ese dibujo ancla al drago impidiendo sus malvadas acciones. Lleva presa allí más de un siglo, mientras su autor habrá fallecido de viejo hace mucho tiempo.

Una de las colecciones de “arboglifos” o grabados en árbol más increíbles del mundo se localiza en Estados Unidos y fueron realizadas por pastores vascos que recorrieron con sus ovejas los desolados bosques del oeste americano a mediados del siglo XIX. Son más de 14.000 inscripciones en lo que ya es considerado uno de los mayores legados escritos de la cultura vasca y que, paradójicamente, está fuera del País Vasco. Pero esas profundas heridas son también puerta de entrada a muchas enfermedades que pueden acabar matando a los árboles, así que es preferible abandonar la tradición.

En el caso del almogarén de Gran Canaria, mucho es lo que perdemos y nada lo que ganamos. Apenas un corazón naif mal dibujado. Y la tristeza inmensa tras comprobar cómo después de dos mil años de cultura, educación y avances tecnológicos increíbles, el número de tontos sigue siendo infinito.