La belicosidad de algunos fiscales con los delitos de expresión, coincidente con las maniobras para entorpecer la labor de sus colegas de Anticorrupción, fomenta la imagen de órgano bajo los designios del Gobierno. Esto, en paralelo a las restricciones a la acción popular, es un regalo para los populistas y da alas a la prédica de que no se persigue judicialmente la corrupción, lo cual es falso.