Una cosa es lo que Facebook quiere ser y otra lo que Facebook es. Con frecuencia a los inventores se les ha ido su artefacto de las manos. Es célebre el caso de Einstein, que no creó la bomba atómica, pero sí hizo los descubrimientos previos sin los cuales no se hubiera fabricado, de lo que siempre se lamentó. También le ocurrió a Kalashnikov, que sólo quería ser autor de un rifle automático barato y no del rifle de asalto que más muertes ha causado en la historia.

La corta vida de Internet tiene también sus lamentaciones. El inventor del pop-up, esa pantallita emergente que nos incrusta un anuncio en el cerebro, buscaba una forma de emitir un anuncio sin que se vinculara a la página en que aparece, ya que un fabricante de automóviles había visto su banner en una web de sexo anal. Convertido el pop-up en una agresiva forma de publicidad, el creador se ha disculpado públicamente y ha reivindicado sus buenas intenciones.

En el caso de Mark Zuckerberg, da la impresión de que entra poco en Facebook. Recientemente anunció un cambio en la "misión" de su red social. Ha pasado de aspirar a "hacer el mundo más abierto y conectado"-lo que equivale a ser una herramienta de comunicación- a querer "dar a la gente el poder de construir comunidad y hacer un mundo más unido", es decir, convertirse en herramienta política. "Dar poder a la gente" es el objetivo político por excelencia. Dicho con esas u otras palabras, conceder más derechos a las personas y más capacidad de autogobernarse para ser dueños de sus vidas, fue siempre el objetivo de las ideas de progreso.

Da la impresión de que Mark Zuckerberg entra poco en Facebook

Ciertamente, querer unir al mundo cuando se vive en el país de Trump parece una noble aspiración, pero para lograrla resulta relevante analizar el tipo de comunidad que crea Facebook. Las hay de todos los tipos y tamaños: desde asociaciones de vecinos hasta promotores de fiestas Rave, pero cuando más políticas se vuelven las redes, más atolondrados y espasmódicos son los debates. El ejemplo perfecto lo constituye el caso del cónsul Sardá: de entre los centenares de fotos que se publican de mandatarios en uniforme, con su traje azul marino y su corbata, ninguna mereció un comentario satírico.

En cambio, sí lo ha hecho la imagen de dos mujeres públicas, ambas vestidas de rojo. Que el debate en redes se haya centrado en una orgullosa reivindicación del acento andaluz, y no en la discriminación que supone para las mujeres políticas ser juzgadas por su apariencia, demuestra que Facebook exacerba la diferencia mucho más que la igualdad. De manera que si Zuckerberg sigue adelante con sus propósitos políticos, o mucho cambia el algoritmo o podría salirle el tiro por la culata más que a Kalashnikov.