Las grabaciones que desde el martes estamos escuchando durante el juicio del caso Pretoria no pueden provocar otra cosa que repulsión.  

Son el reflejo de la época del pelotazo, del dinero fácil, de las mafias, de los caciques disfrazados de cargos electos que hacían y deshacían a su antojo como si de un señor feudal se tratara, sin que nadie se atreviera a rechistar y todos mirando hacia otro lado. Esa era la España de finales de los 90 y principios del 2000, la de los 'conseguidores' de comisiones que untaban a políticos y cargos de confianza que se iban  llenando los bolsillos.

Y ¿todos callados? No todos no, por suerte en el ayuntamiento de Santa Coloma había una interventora, Maite Carol, que simplemente hizo su trabajo: controlar y fiscalizar las gestiones presupuestarias y urbanísticas del ayuntamiento y descubrir que había operaciones ‘oscuras’ y se negó a firmar los documentos que no veía claros. Simplemente hizo su trabajo, denunció y la cesaron, con el visto bueno del ayuntamiento y de la Generalitat. Y ahora escuchamos las conversaciones entre dos de los acusados, Luigi y Bartomeu Muñoz, que se preguntan con total impunidad: "¿Quién coño se ha pensado esta puta interventora que es?" y continúan "No hay manera de que estos burros míos y la hija de puta esta se pongan de acuerdo", y añaden "la imbécil asquerosa esa" ya ha dado el visto bueno. Este es el retrato de una época de la que Maite Carol fue una víctima.