Hay que hacer un gran acto de contención para no caer en un tonto y obvio juego de palabras y escribir que el último trabajo de Nacho Vigalondo es colosal, pero lo cierto es que lo es. El extravagante director cántabro ha dado con el punto exacto entre la intimidad y personalidad del cine indie estadounidense y el entretenimiento explosivo de los blockbusters palomiteros.

Solo la sinopsis de Colossal ya debería ser más que suficiente para despertar la curiosidad de cualquier cinéfilo ávido de nuevas propuestas. A saber, Gloria es una mujer que tiene problemas con el alcohol y decide, cuando su novio la deja precisamente por ese motivo, abandonar Nueva York y regresar al pueblecito en el que se crio. Allí recupera el contacto con un viejo amigo e inicia una nueva vida, pero todo da un sorprendente giro cuando un monstruo gigante aparece en Seúl y ella descubre que tiene una conexión sobrenatural con la criatura que está destruyendo la capital surcoreana.

A partir de esta loca premisa, con la que uno podría esperar tal vez una comedia surrealista o un homenaje friki y algo frívolo al género kaiju (el cine de monstruos nipón), Vigalondo construye un relato profundo, una historia de personajes en la que el núcleo de todo es Gloria, una mujer joven incapaz de madurar, excesivamente dependiente de los hombres y cuyos monstruos interiores se acaban manifestando de la forma más literal e impactante imaginable.

Pero que nadie tema, la metáfora no es un mero sueño o una fantasía, la criatura existe y destruye y mata, pero también sirve para representar una batalla mucho más íntima y humana.

El genial disparate de 'Colossal' no te deja parpadear, y Anne Hathaway tampoco

El genial disparate no te deja parpadear –siempre deseas saber qué te depara la siguiente escena– y Anne Hathaway tampoco. Encantadora, simpática, inmadura e incluso heroica, llena la pantalla y consigue la complicidad del espectador cada vez que hace una mueca, sonríe o se rasca la cabeza, su peculiar tic.

En Colossal hay humor, pero no es una comedia; hay amor, pero no es una película romántica; hay drama, pero no la verás en las sobremesas de fin de semana de Antena 3; hay seres monstruosos del imaginario oriental, pero no tiene nada que ver con Pacific Rim; e incluso se vislumbran, con un rollo muy Shyamalan, las aristas de las historias de superhéroes, aunque obviamente no es una de ellas. Lo último de Vigalondo es un poquito de todo eso y, al mismo tiempo, algo diferente, original y divertido, una especie de cuento de autodescubrimiento tardío y forzado por la intervención divina del primo de Godzilla.

Habrá quien piense que no era necesario dar explicación al fenómeno paranormal que es el pilar sobre el que se sustenta Colossal, o que el final debería haber sido más sutil de lo que es. Pero, si uno echa a un lado los complejos, se quita las gafas de pasta y se deja llevar por la magia, no puede más que rendirse a la imaginación y el descaro del director español.

Vigalondo ha conseguido con Colossal su obra más redonda y, si hay justicia en el universo kaiju, no tardará en convertirse en un nombre de referencia en Hollywood.