El secretismo que ha rodeado a Blade Runner 2049 no tiene precedentes. Sony Pictures ha hecho todo lo posible por evitar la publicación de adelantos argumentales. La película completa no se proyectó hasta una semana antes del estreno, los teléfonos móviles de los periodistas fueron requisados antes de entrar en la sala y, una vez dentro, los asistentes éramos recibidos por un mensaje de Denis Villeneuve en pantalla en el que el director nos pedía mucho cuidado en los comentarios para no destripar las claves de la historia.

No es tarea sencilla, ya que casi cualquier detalle sobre la trama o los personajes puede considerarse un spoiler. Poco se puede decir sobre K (Ryan Gosling), aún menos sobre Joi (Ana de Armas), incluso hablar sobre el papel de Rick Deckard (HarrisonFord) es delicado. ¿Quiénes son en realidad?

Lo cierto es que en esa pregunta está la clave del filme. Ellos tampoco lo saben y es lo que tratan de averiguar. Todas las criaturas de este desolado y desolador mundo futurista avanzan con el ansia de definir su identidad. A partir de ahí, el director toma el poderoso trasfondo filosófico de la Blade Runner original e indaga de manera mucho más profunda en los conceptos de existencia y humanidad, yendo más allá de la manida premisa de las máquinas que adquieren conciencia de sí mismas.

De forma deslumbrante, con el buen gusto para la ciencia ficción que ya desmostró en La llegada, Villeneuve ha logrado expandir de forma orgánica el clásico de Ridley Scott. El francés no ha transformado la saga, como algunos –los que no saben quién es– temían, en un espectáculo descerebrado de acción (hay poca, mucha menos de lo que parece por los tráileres) sino que ha tirado de cada una de las aristas que convirtieron Blade Runner en una obra de culto y ha creado una continuación coherente en la que se respira esa misma atmósfera de soledad y decadencia futurista.

'Blade Runner 2049' es uno de los mayores espectáculos audiovisuales de la historia del cine reciente

A nivel estético tampoco falla y, más que repetir la fórmula, la hace más compleja e impactante. Con una fotografía que quita el aliento, un diseño de arte bellísimo, una poderosa banda sonora y un uso inteligente y comedido de los efectos digitales, Blade Runner 2049 es uno de los mayores espectáculos audiovisuales de la historia del cine reciente.

Se ha creado un pequeño revuelo entre la crítica profesional cuando no pocos periodistas se han atrevido a decir que esta secuela no solo es buena sino que es incluso mejor que la original. ¿Blasfemia? No lo creo. Tal vez existe cierta veneración nostálgica hacia aquel largometraje que impide ver que en realidad era mucho más simple que la mitología generada en torno a él. Villeneuve ha sabido capturar esa magia y darle una mayor entidad. Sí, el discípulo ha superado al maestro en casi todo.

Hay pegas: un par de cabos sueltos, tal vez pensando en una tercera entrega, y alguna escena indigna protagonizada por Harrison Ford hacia el final de la película. No sé si por esto podría decirse que su predecesora es mejor, pero el solo hecho de que se haya generado este debate dice mucho de la calidad de una obra que logra desvincularse con éxito de la miríada de remakes oportunistas, secuelas rancias y reboots innecesarios.