En 2005, el escritor catalán Albert Sánchez Piñol publicó La piel fría, un relato de fantasía con tintes lovecraftianos y gran carga ética y filosófica que no tardó en convertirse en un éxito de crítica y ventas.

Ahora, la novela llega a la gran pantalla de la mano del director francés Xavier Gens, dos actores británicos –David Oakes y Ray Stevenson–, un equipo técnico español y Aura Garrido convertida en una extraña criatura anfibia, un papel que la obligaba a someterse a ocho horas de maquillaje antes de rodar.

El resultado es una adaptación fiel al libro en casi todo, la trama, la atmósfera y el mensaje, pero coja en lo esencial, el alma de la obra. Toda la pasión y profundidad de las palabras de Piñol se convierten aquí en bellos fotogramas, preciosas secuencias que deslumbran en lo estético pero no logran transmitir al espectador mucho más que eso.

La película cuenta la historia de un joven que llega a una inhóspita isla para relevar a un hombre en un remoto puesto de observación. Allí se encuentra con otro individuo que, atrincherado en un faro, se enfrenta cada noche al ataque de hordas de agresivas criaturas que salen del mar, una de las cuales ha convertido en una especie de mascota.

Ese es el contexto en el que La piel fría aborda temas como el miedo a lo desconocido, la definición de humanidad y la crueldad del hombre. Por desgracia lo hace con bastante torpeza, cayendo en errores que minan el interés del filme. El peor de todos es quizás el propio protagonista. La interpretación de Oakes es gélida y priva a su personaje de cualquier brizna de carisma. Además, a diferencia de lo que sucede en la novela, apenas se cuenta nada de su pasado. No sabemos quién es ni cuáles son sus motivaciones.

'La piel fría' comete el error de usar recursos literarios que en la película no acaban de funcionarLa forma en la que se intenta solucionar eso también es un tiro errado. La narración recurre a una voz en off, la suya, que nos revela sus pensamientos y tribulaciones. Mientras que este recurso funciona de maravilla en la novela como herramienta de introspección, en la película está fuera de lugar, suena redundante y forzado. De hecho parecen lecturas, probablemente literales, de fragmentos del libro. Cine y literatura son medios diferentes y se construyen con técnicas propias. Si no logras transmitir con imágenes lo que un libro explica con un monólogo interior, algo falla.

Algo parecido sucede con el final, excesivamente frío. Uno siente que llega de forma precipitada. Lo que en un texto resulta poético y reflexivo, en pantalla no lo es tanto y tal vez se podría haber solucionado con un epílogo más extenso.

A pesar de estos inconvenientes. el largometraje no es un completo desastre, pero da la sensación de estar desaprovechado. El impacto que producen los primeros enfrentamientos con las criaturas marinas acaba dando pie a la monotonía según avanza el metraje. Una escena de ataque nocturno da pie a otra diurna y esta a otra nocturna y así sucesivamente. Faro de noche, faro de día, faro de noche, faro de día...

La actriz española, a medio camino entre Gollum y un personaje de Avatar, es uno de los elementos más sólidos de La piel fría, pero ella sola es incapaz de sostener una película que navega entre el terror, el suspense y las aventuras fantásticas de Verne o Stevenson sin llegar a consolidarse en ninguno de esos géneros. De este modo, la mayoría quedarán insatisfechos. Solo los lectores de la novela más generosos y complacientes la disfrutarán en su plenitud.